
En los libros educativos clásicos -tal vez tengamos que remontarnos hasta las famosas enciclopedias Álvarez o similares-, a continuación de cada lección, se planteaban los ejercicios. Ejercicios para “ejercitarse”, es decir, para comprobar si habíamos aprendido bien lo que se suponía que debíamos aprender (¿o sería memorizar?).
Cuando llegaron los libros de texto “modernos”, la palabra lección cayó en desuso y, con ella, otras como “ejercicio”. Se empezó a sustituir por “actividad”. ¡Qué gran falacia! Hacer una suma, completar una frase, deccir una definición… ¿es una actividad?
En mi opinión, una actividad es un proceso amplio que puede exigir la resolución de varias tareas y que pone en juego diferentes procesos intelectuales. Por ejemplo, investigar sobre los arácnidos exige localizar fuentes, seleccionar la información pertinente, redactarla de forma personal, buscar ilustraciones adecuadas…
Leo y copio de un libro de matemáticas cualquiera: “Actividad 3: ¿Qué diferencia hay entre las temperaturas del clima oceánico y las del mediterráneo”. Por supuesto, el alumnado sólo tiene que buscar la respuesta adecuada en el tema que corresponda.
Y llegaron las TIC y seguimos confundiendo conceptos: Nadie se plantea que una sopa de letras, un ejercicio de relacionar o de completar o de emparejar… NO ES UNA ACTIVIDAD.
Y es que las TIC no implican reflexión metodológica, ni innovación, ni siquiera una dosis ligera de sentido común.

